La postal de las ciudades argentinas cambió por completo. Ya no son solo jóvenes buscando un primer ingreso; hoy, detrás de cada mochila de delivery o de cada auto de aplicación, hay una clase media que se aferra a la tecnología para no caer al vacío. Con una desocupación que trepó al 7,5% al cierre de 2025 —el pico más alto desde la pandemia—, el sector de las plataformas dejó de ser una «alternativa» para transformarse en la columna vertebral de la supervivencia.
Se estima que más de un millón de personas hoy trabajan bajo esta modalidad. Los datos que maneja el sindicato SiTraRepA son reveladores: mientras los conductores rozan las 900 mil personas, los repartidores ya superan los 200 mil en todo el país. Lo que antes era una excepción, hoy es una regla marcada por la necesidad de compensar salarios que ya no alcanzan.
El panorama es complejo. Aunque un repartidor pueda cobrar unos $3.033 por entrega, la realidad es que el consumo está planchado. Hoy se promedian apenas dos pedidos por hora, lo que obliga a los trabajadores a estirar sus jornadas hasta las 12 horas diarias, prácticamente sin días de descanso. Para cubrir apenas los gastos básicos, un hogar necesita concretar más de 450 entregas mensuales, una cifra que suena a hazaña en un mercado cada vez más saturado.
Uno de los datos más crudos de este fenómeno es quiénes están detrás de las aplicaciones. El trabajador promedio tiene 36 años y, en muchos casos, una formación sólida: casi la mitad pasó por la universidad y un 25% completó su carrera. Es una generación de profesionales que hoy, ante la falta de mercado formal, encuentran en el delivery o el transporte su única salida inmediata. Además, la brecha de género se acorta: más del 30% de quienes conducen son mujeres, una cifra récord para un sector históricamente copado por hombres.