Mientras el Gobierno nacional celebra superávits financieros sostenidos sobre el hambre y el ajuste, la economía real de los hogares argentinos cruje. El último informe del Banco Central de la República Argentina (BCRA) reveló un dato alarmante: en apenas un año, la morosidad de los créditos familiares casi se cuadruplicó, reflejando un deterioro sistémico en la capacidad de pago de los trabajadores.
Los números son contundentes y desmienten el relato oficial de una recuperación en «V». La proporción de préstamos irregulares en hogares pasó del 2,67% en enero de 2025 al 10,6% en enero de 2026. Este salto del 300% en la irregularidad financiera es la consecuencia directa de una política económica que ha priorizado la macroeconomía de pizarrón por sobre el poder adquisitivo del pueblo.
El informe del BCRA detalla que el segmento más golpeado es el de los préstamos personales, donde la mora alcanzó un asfixiante 13,2%. En tanto, las deudas por tarjetas de crédito llegaron al 11%, dejando en claro que las familias están utilizando el plástico no para bienes durables, sino para financiar la comida y los servicios básicos del día a día.
La «motosierra» y la desregulación total han empujado a los argentinos a una trampa financiera. Ante la imposibilidad de llegar a fin de mes, creció exponencialmente el uso del pago mínimo en tarjetas de crédito, una práctica que genera una bola de nieve de intereses usurarios difícil de revertir.
Pero el drama no termina en las casas. El entramado productivo también muestra signos de agotamiento:
- La morosidad en PyMEs ya roza el 10% en algunos segmentos.
- En billeteras virtuales y financieras no bancarias (donde acceden los sectores más vulnerables), los atrasos trepan al 25%.
El contraste es obsceno. Mientras las grandes corporaciones mantienen niveles bajos de incumplimiento y el sistema financiero se fortalece, el trabajador promedio se endeuda para sobrevivir. El aumento generalizado de la mora en todas las entidades financieras es el síntoma de un modelo que ha roto el contrato social, transformando el crédito —que debería ser una herramienta de crecimiento— en un mecanismo de endeudamiento perpetuo para sostener el consumo básico.
La gestión libertaria de Javier Milei y Luis Caputo parece ignorar que detrás de cada punto de aumento en la tasa de morosidad hay una familia que ya no puede pagar el alquiler, el colegio o la canasta básica. El «éxito» del que habla el oficialismo no llega a las góndolas ni a los resúmenes de cuenta, donde la realidad dicta una sola sentencia: la plata no alcanza.