Por Víctor Alvero.
Este fin de semana Quilmes despidió al periodista Carlos Taphanel, titular del portal “La Voz del Grito” y de una fuerte trayectoria que siempre lo tuvo del lado de los sectores populares.
Dueño de una voz imponente, de la que alardeaba cada vez que podía, el “Tapha” tenía un amor inconmensurable por la radio, entiendo por las charlas que hemos tenido, muchas, que lo que más le gustaba era el uso de la palabra, para él decir era hacer, construir, pero siempre teniendo en cuenta que podía hacer todo lo contrario. Este dilema, crucial y trascendental en este oficio, fue lo que más lo pintaba de cuerpo y alma, su pasión, la cual era incontenible y que siempre lo desbordada, era transitar entre la responsabilidad, aunque le conviniera o no, y el salto al vacío, de contar lo que sabía, de lo que se había enterado, dosificando la info o dejándola salir como una enorme catarata que podía llevarse todo por delante.
Analizar la coyuntura, siempre teniendo en cuenta lo pasado, para así trazar una línea imaginaria hacia el futuro lo animaba, lo festejaba y celebraba como un niño. Poder jugar a imaginar qué podría pasar fue el juego que más jugó y el que más le gustó. El Tapha no andaba a los tumbos por ahí, parecía desordenado, sin embargo, su orden fue también el nuestro. No fue una especie de divo del periodismo local, no se lo permitió, jugó y es cierto, muchas veces a presentarse así, pero le sacaba el sueño la mentira, la violencia y el odio antiperonista. Esto lo devolvía a tierra y a entender el papel que le tocó, el cual representó con una norme hidalguía y compañerismo.
Hay que encontrar a alguien con tanta pasión y, además, con tanta generosidad. Era habitual y común escucharlo destacar el trabajo de los demás. Una y otra vez señalaba a sus pares, a sus colegas, porque soy testigo que siempre ha tenido algo para destacar positivamente de cada una y uno de los periodistas de esta parte del conurbano, y cuando lo hacía en una mesa de café, sin muchos testigos, cuando se refería a las crónicas o a las palabras o al análisis de sus pares, siempre, pero siempre lo hacía desde el mejor lugar y hasta algunas veces hasta con cierta envidia, justo él, que fue alguien al que todas y todos miramos en más de una oportunidad con admiración profunda.
Lo hemos visto, y escribo esto con total certeza, referirse a la situación actual con un nudo en la garganta, cuando escondía al hombre de la voz poderosa, la risa estridente y las anécdotas de sobreviviente de un tiempo pasado lleno de tropelías y grandes epopeyas, emergía un ser sensible al que las injusticias sociales lo atacaban sin dejarle salida.
Esta tristeza no tiene fin. Se podrá decir que su partida deja un espacio vacío, difícil de llenar, pero sería una enorme careteada y a él no le gustaría nada de nada, se fue un delirante, un compañero, un explosivo personaje, un tierno, un duro, un hombre acorralado por la existencia y con una libertad para envidiar.
Hace unos años Andrés Calamaro escribió una canción homenaje a Miguel Abuelo, casi agradeciéndole la posibilidad que le dio para hacer música, rescatando su generosidad. Voy a apelar a algunas líneas de aquella letra, que creo, quizá, definan un poquito al hombre que se fue, al que no veremos más y que, sin embargo, alimentará la ilusión de lo imposible, de poder encontrarlo por algún bar dispuesto al debate, a las risas, las lágrimas y los abrazos.
Ya te extraño compañero.
“siempre al frente
temerario o valiente
un ejemplo de talento y gente
un Maradona que mezclaba todo
un chico de la calle, iluminado y zarpado
con mala leche y con humor
con cierto candor
un ejemplo de lo que es vivir fuerte”