Sin PASO, el riesgo es la fragmentación electoral

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Por Ezequiel Arauz

Más allá del convulsionado contexto que rodeó la salida de su antecesor, la llegada de Diego Santilli a la jefatura de gabinete tiene un horizonte político nodal: eliminar las PASO. Si esto ocurre —y el gobierno viene demostrando una notable eficacia parlamentaria—, es muy probable que se concrete el escenario de alta fragmentación electoral que anticipábamos en mayo. La pugna general, entonces, quedará limitada a una sola variable: quién logrará meterse en el balotaje contra un Javier Milei lanzado a su reelección.

La crisis de representación que propició la llegada de los libertarios a la Casa Rosada sigue abierta. Aunque resulte prematuro aventurar certezas absolutas, algunas tendencias comienzan a confirmarse.

Hoy, los grandes espacios políticos lucen debilitados. Tanto el oficialismo (LLA, el PRO y facciones de la UCR y el PJ) como la oposición (el kirchnerismo, el peronismo bonaerense y sus múltiples vertientes) carecen de liderazgos indiscutibles que clausuren la disputa interna. No construyen mayorías nítidas ni representan a los actores sociales de forma plena. Por el contrario, el internismo es la regla predominante.

El fenómeno es profundo: antes que la política, que también tendrá su cuota parte, es la sociedad la que está fragmentada y en una búsqueda por momentos errática, que la llevo por ejemplo, al arrojo de votar a Milei. Puede gustar o no, pero ocurrió. La pregunta a responder es que creyeron encontrar en él lo que lo votaron. Porque esa búsqueda puede no haber desaparecido entre los votantes.   

Aquella ciudadanía que había encontrado canales de expresión estables y se había ordenado en polos entre 2003 y 2019 comenzó a astillarse. La irrupción de Milei es el síntoma de ese cambio de época; es en vano buscar las viejas certezas en el mazo actual cuando las cartas ya son otras.

Esta atomización social se expresa, todavía a tientas, en la multiplicación de opciones dentro de un mismo espacio, dinamitando la polarización perfecta que no hace mucho protagonizaron el kirchnerismo y el macrismo, estructuras capaces de contener a todos en su interior. Esa crisis de representación sigue abierta y Milei no ha logrado cerrarla.

Bajo el nuevo rol de Santilli, el gobierno avanzara en la idea de suprimir o modificar las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias. La opción de mínima es hacerlas optativas; el objetivo real es desterrarlas del plano nacional. En el terreno práctico, los gobernadores no muestran mayores resistencias a las iniciativas oficiales en el Congreso y la oposición carece de la articulación necesaria para bloquear el proyecto.

Al eliminar las PASO, la crisis de liderazgo se traslada directamente a la elección general. Aunque quizá no es el diseño ideal para el oficialismo, la medida lo mantiene competitivo de cara a la reelección. Según las proyecciones actuales —siempre tentativas para un partido que todavía se está jugando—, el Gobierno no lograría imponerse en primera vuelta con la mitad más uno de los votos, pero tampoco alcanzaría el 40% con diez puntos de ventaja. La ausencia de primarias deja el escenario hacia el balotaje completamente abierto.

Lo cierto es que la Casa Rosada sigue marcando el ritmo del reloj político a una oposición incapaz de imponer condiciones o generar expectativas reales de recambio. Dentro del universo antiperonista —evidentemente mayoritario desde 2023—, Milei corre con las ventajas de gestionar el Estado, pero sufre el lastre de una economía que no arranca. Es difícil trazar hoy un camino en el que el Gobierno cumpla con una reactivación palpable para el ciudadano “de a pie”. Ahí, y no en otro lado, se juega el Presidente su continuidad.

Por este motivo, algunos sectores ya alientan a figuras como Mauricio Macri, Patricia Bullrich o incluso Martín Menem para convertirse en un eventual recambio «por adentro» que evite el retorno del peronismo. Estos movimientos internos ganan o pierden fuerza según el vaivén de la coyuntura: crecieron en medio de la «crisis Adorni» y se calmaron temporalmente tras los últimos cambios ministeriales y alguna fusión de por medio. Con todo, son previsiones apresuradas; hoy, la mejor carta oficialista sigue siendo el primer mandatario.

El peronismo, por su parte, parece confiar ciegamente en que el desgaste económico arrastrará a todo el espectro liberal o antiperonista. Que esos votos migren automáticamente hacia el PJ es una incógnita, sobre todo porque la batalla interna en la provincia de Buenos Aires parece alejar cualquier posibilidad de una unidad forzada a último momento.

El gobernador Axel Kicillof construye su proyecto presidencial en un desacuerdo explícito y ensanchado con Cristina Kirchner, quien retiene un peso político inocultable aun desde su injusta detención. Al disputar el mismo universo de votantes, el juego entre ambos se vuelve de suma cero y no permite de momento proyectar al espacio políticamente fronteras afuera.

En el plano provincial, el peronismo debe resolver además cuestiones estructurales clave, como la habilitación o no de la re-reelección de los intendentes. El resto del peronismo, en el interior (donde los gobernadores no son sintetizables de forma alguna) o en el sindicalismo, no logran recortar figuras con proyección nacional constante, quedando el peso específico limitado a nombres como Sergio Massa, Juan Grabois, Máximo Kirchner, Guillermo Moreno o Miguel Pichetto.

En este archipiélago de opciones también orbitan alternativas tentativas como la del banquero Jorge Brito, o variantes experimentales como la del pastor Dante Gebel, cuyo eventual retorno desde Estados Unidos se plantea con intenciones de proyección nacional.

Por su parte, las encuestas reflejan un crecimiento de la izquierda, puntualmente de Myriam Bregman. Mujer, apalancada en un discurso coherente y, sobre todo, a salvo siempre de experiencias concretas de gestión, los sondeos le auguran cifras cercanas a los 10 puntos; un capital nada despreciable en un contexto de extrema paridad y dispersión.

Si las PASO desaparecen, expresiones minoritarias competirán directamente en las generales para renegociar su capital político en la instancia del balotaje. El riesgo está a la vista: nos encaminamos hacia un sistema electoral sumamente fragmentado de cara a las generales de 2027.

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