Por Emiliano Campos Medina.

Sembramos para ver emerger el tallo potencial. Removemos la tierra o la apisonamos. Se presenta como recipiente gestacional, tanto de lo sembrado en su apertura, como de lo sepultado en su dispersión. Todas las culturas antiguas, en su observación respetuosa de los ciclos de la vida, rindieron culto a la asombrosa capacidad de transfiguración de la tierra. La coraza torpe de la semilla, que recubre un limo de afelpadas resinas se despliega en un brote elástico. Se estira hasta el calor. Trepa por la humedad. Va envolviendose en velos que absorven lo azul. ¿Y qué de lo sepultado? Vuelve. Es la fiesta que nos predispone a dar lo que no se tiene.

“¿No ves que ya no hay fiesta?

Que no estamos bailando

y las canciones nombran

sólo lo distante,

cada paso

alimenta un abismo.

 

El quiebre, nuestro lugar

de encuentro, ¿Nos ves?

Estamos cayendo

y no importa si no hay

salvación

ni red que nos atrape

en el final

 

Morimos en el vértigo.

En el fracaso

del triunfo”

En “una fiesta sepultada” Enzo Amarillo nos lleva a caminar sobre los despojos del amor. Un pulso con el lenguaje para extraer el dolor, tenderlo sobre la hoja. Lo que no se puede reducir ni contener en la expresión, porque ya no está. Es una raíz que asoma en la tierra. Pero en determinadas horas del día, cuando el sol se empieza a hundir en el horizonte; también puede ser un puñal, o el brazo de una criatura de Hieronymus Bosch.

“Qué hacer

cuando el amparo

se vuelve un paisaje

insostenible. los movimientos,

nubes que se esfuman, al pisar,

caemos

como tormenta, pero no,

los besos violentos

ya no compran

y de valor

ya no se quiere hablar”

Si hay algo que tienen en común los asuntos del arte y los del afecto es que son reversibles pero no intercambiables.¿A qué parámetros fijos podemos someter el duelo, la falta, el deseo? ¿Cuanto de qué, y durante qué tiempo? No hay comercio propicio. El amor y el arte son una moneda imposible entre los desplazamientos del valor. Perforan toda nominación como el agua hirviendo vertida en un papel de arroz.

“Querer más de vos es querer

más muerte

y mi espalda suplica.

 

Siento tu llamado

y me arrastro, mendigo,

hasta acabar

la dosis.

Te permito la masacre

y vuelvo a mi encuentro,

si es que hay

algo en el vacío”

Se cuenta que una de las obsesiones de las vanguardias del siglo XX era la de reducir a cero la Historia del Arte para recomenzar de nuevo. Quizá fue Kurt Schwitters, o Hans Arp o Tristán Tzara, que equiparaba sus apuestas programáticas con el incendio de una casa. Hasta que sólo queden los cimientos más firmes, para volver a construir sin excesos de artificio, sin mamposterías de cotillón.

Es ampliamente difundido el sentido esotérico atribuido al número trece.  En el Tarot la carta que lleva ese número está ilustrada con un esqueleto con un pie hundido en la tierra. Con su guadaña siega cabezas decrépitas que asoman del suelo. Debajo de los cuellos lascerados asoman brotes de hierba y cuerpos revitalizados.

El “una fiesta sepultada” hay movimientos de avalancha y desborde. Porque lo que se busca está del otro lado del daño, más allá del goce. El poeta pone al lenguaje a dar cuenta de lo disipado “una danza fantasmal que te envuelve”, con ritmo cortado, vertiginoso. De funambulista.

La vida es sabia. Nos trae el amor y después se lo lleva. Para que podamos retomar el circuito de la sangre.

“Las cosas toman forma

y me visto de horror

por miedo al muerto

del otro lado

del río. Me bailo,

me encuentro, me pierdo,

me bailo, como una fiesta

sepultada. La danza de palabras

desentierra, resulta

alguna verdad”.

Paul Eluard decía “Son verdades oscuras las que aparecen en la obra de los poétas. Pero son verdades y casi todo lo demás es mentira”. Participamos de una construcción dialéctica de la realidad. Sin lenguaje no hay representación y sin representación, pareciera ser, no habría mundo. Solo fenómenos desencadenados sin orden. Y si hay representación estamos condenados a que necesariamente exista un punto ciego, un resto, una fuga. Entonces el deseo hasta sus ultimas corrosiones. En la obra de La viscibilidad de lo sepultado, lo maldito. Con su paso hacia adelante de esqueleto en la noche. La fiesta que es excedente de toda correspondencia posible, fuga que perfora todo horizonte posible ¿Hacia dónde?¿Y con qué fin?

“Si incendiara lo que queda

guardaría las cenizas,

como un fiel protector

que baila

su ritual en el frío,

o podría cargar las cruces

de cada muerte cotidiana,

cuando me encuentro

en el espejo y su rugido

me quiebra,

y maldecir el verano

que todos anhelan

aunque por cuidar

tu fuego, no me importa

cuánto queme”.

 

 

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