Por Ezequiel Arauz –

En un escenario social y político ganado por la pandemia y sus consecuencias, por la posibilidad y el proceso latente de la vacunación y con la deuda macrista récord con el FMI como pesadísimo y condicionante telón de fondo, el gobierno tiene como blanco estratégico apuntar a fortalecer el mercado local y para ello, se percibe entre dos opciones: crecer para distribuir o distribuir para crecer. A primera vista parece haber optado por la primera de estas proposiciones para arrancar el 2021.

La crisis económica heredada del gobierno de Macri hizo de recipiente para una pandemia inesperada de la que todavía no se conoce fin a nivel global. Sus consecuencias no se han sopesado de manera acabada. Quienes se olvidan de ese datito para condenar al gobierno argentino como si fuera una isla, un caso aislado y distinto en el mundo, pleno de impericia, no juegan con las cartas que el mazo da. Juegan con otras.  

El gobierno de Alberto Fernández es un emergente ante una necesidad negativa, imperiosa: poner fin al desastre neoliberal de Macri y sus amigos de la elite fugadora. Por ventura, ese objetivo se consiguió. El Frente de Todxs fue (es) una amalgama variada y heterogenia, efectiva para ganar y muy bien en la urnas, compleja y enrevesada en la toma de decisiones cotidianas. Con esas condiciones, la gestión del FdT trata de abrir la menor cantidad de frentes posibles.

Cumple, aun en grados mínimos y muchas veces sin brillar, con sus compromisos de campaña, aun aquellos menos explícitos. No los traiciona. En un juego dificultoso, de expectativas que se bifurcan, de fuerzas no siempre confluyentes, heterogéneas. Alberto y su gobierno intentan equilibrar con cierta equidad las fuerzas que lo componen, de manera equitativa. Ser en forma concreta el gobierno de todxs, pero no es una empresa simple y el contexto – global y local – no suman en lo más mínimo.

Es el ámbito judicial, sobre todo en lo relacionado con el fuero federal, la agencia de inteligencia y el lawfare, – donde incluso en lo discursivo hay mayores distancias entre los sectores políticos del FdT -, en el que esa suerte de equilibrio se resquebraja y las cuestiones  aparecen con balanza muy inclinada hacia las posturas más conservadores de la coalición de gobierno.      

ACUERDOS SIN TIEMPO

En tanto, esta semana comenzaron las rondas de negociaciones con puesta en escena, foto y debates para un acuerdo de salarios y precios entre empresarios, trabajadores y estado. Entre el grupo de los primeros, a la mesa de enlace el gobierno les prometió que, al menos en el corto lapso, no pondrá retenciones a la venta de granos. Así lo dijo la Mesa de Enlace de las patronales agrarias y nadie del gobierno lo desmintió.   

La lógica es que el precio de la soja viene escalando como no la hacía desde hace años y el “gesto” es “permitir” ese crecimiento sin subas de retenciones o cupos límite de exportación, sin medidas fiscales molestas o entorpecedoras. Poco importa en verdad los motivos reales por los que Alberto unos días antes se había expresado en sentido contrario.

En concreto hubo un distender la relación con un sector cuyas posturas son rápidamente conflictivas. Las patronales agrarias rechazan de plano cualquier avance del estado sobre rentabilidades extraordinarias cuestión que no ocurre en ningún lugar del mundo, cuestión que prolijamente ocultan los medios que los expresan y cobijan.     

Como sea, la decisión parece ser la de propiciar la exportación, y tomar los dólares de las ventas mayores, sin intentar captar una proporción mayor de ellas. El gobierno sabe que en 2020 con márgenes menores, y mismo gesto de por medio, los exportadores no liquidaron en consecuencia, especularon en su favor, como era de esperar. 

GANANCIAS CON RETOQUES

Esta semana Sergio Massa fue vocero consensuado de una suba del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias para que solo tributen quienes ganan más de 150 mil pesos que se tratara en breve en el Congreso. Es, más que obvio, una medida que aplaudirán seguramente cae bien a los trabajadores que dejaran de pagar.

A fuerza de depreciación del peso, el piso estaba bajo. La medida es vista casi sin fisuras como un movimiento hábil y por lo tanto a Massa le sienta bien. El macrismo había prometido sacar el impuesto en la cuarta categoría. Juntó importante apoyos por ello aunque luego se olvidó de sus promesas.  

También le sienta bien esta apuesta que capitalizará Massa a la CGT, cuya cúpula actual tiene tradición en preocuparse por defender los intereses de los trabajadores que no pasan las peores condiciones relativas, pero que conforman su base más directa y deja a los movimientos sociales o centrales menos importantes las demandas y la representación de (los muchos y muchas) trabajadores de sectores informales, flexiblizados, hiperexplotados, marginalizados, organizados en la economía popular. Les quita fuerza al mismo tiempo.  

Es cierto, si los trabajadores con condiciones salariales y laborales más propicias mejoran su condición por lo general y a la larga, tiende a mejorar del resto de la pirámide, de quienes están por debajo pero como todo asunto de distribución de la riqueza no ocurre por sí. Necesita intervención del estado.        

También es cierto que aislada y no como parte de una reforma tributaria progresiva más amplia, la suba del piso de ganancias es una forma de desfinanciamiento del estado que habrá que ver como se cubre. Un porcentaje de lo talado retornará vía consumo, es posible y a eso se apuesta. El argumento del impuesto a las grandes fortunas ubicado como contrapartida no es tan válido porque, hasta el momento y sin novedad, ese aporte será una vez sola.

Cuando están por abrirse la mayoría de la paritarias más importantes y numerosas, queda ver como se “alinean” precios con salarios, tal cual pidió Cristina Fernández de Kirchner y ratificaron el presidente, sus principales funcionarios, y el mencionado presidente del parlamento, Sergio  Massa.

Los sindicatos comparten esa definición que será clave en el andar económico de los próximos meses. En 2020 y pandemia mediante, los salarios perdieron contra la inflación (8 puntos porcentuales), dándole continuidad a la catástrofe salarial de macrismo. Las promesas son distintas para este año. 

FONDO IN THE HOUSE                 

En las negociaciones con el FMI que, bueno es recordar, violó su propio reglamento interno en pos de sostener con partidas verdes records al gobierno de Macri, cuestión que no ocurrió finalmente por arbitrio de la urnas pero que de todas formas resultó en condicionantes posteriores que no siempre quedan del todo claro hasta donde llegan.  Con Macri el FMI retornó a nuestra casa. Y no se fue, aunque a veces nos olvidemos de él.                

Mientras que la oposición, comandada por las voces más extremas de sus arco, como pueden ser Elisa Carrio y Patricia Bullrich, parece elegir la extremidad y hasta la ridiculez como su vehículo de figuración, lo cual rinde bien vía redes sociales donde también aparecen el Dipy, liberales clasiquísimos presentados como novedad, cualquier artefacto que llame o levante atención. Son plataformas a tener muy en cuenta. A no subestimar.

En ese esquema, algunas de las voces oficialistas se van convirtiendo en cuestionadoras de algunas líneas de gobierno, lo que creemos es un proceso deseable, oxigenante. Por ejemplo, el senador Jorge Taiana y el proyecto de dejar en manos privadas la Hidrovía o el presidente del Banco Nación, Claudio Lozano y la resolución adoptada en el caso Vicentín, por nombrar solo dos dirigentes, que hay más.

Queda para el debate más profundo si una política de mayor distribución del ingreso no dinamizaría aún con mayor velocidad el crecimiento deseado, el consumo ansiado. Parece reeditarse una vez más en el marco de políticas expansivas, aunque no de manera esquemática, el viejo debate entre quienes sostienen que para distribuir primero hay que crecer y quienes creen que vía distribución del ingreso se dinamiza el mercado local más rápidamente.  

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